Dada su rápida extensión y éxito entre todas las clases populares, que ha derivado en un negocio multimillonario, el fútbol siempre ha sido visto con cierto desdén entre las clases intelectuales. A pesar de que Camus o García Márquez se reconocieran como aficionados, la postura de la cultura hacia el fútbol se resumía en la mentalidad de Borges que consideraba el balompié tan popular como estúpido y culpaba a Inglaterra de poco menos que un crimen por haber inventado este deporte. Si en la élite intelectual siempre ha encontrado enemigos el fútbol, peor lo tenía en los llamados a liberar la revolución política que sembraría de teórica igualdad y felicidad el mundo de los hombres.

Ser comunista y futbolero es visto todavía como una especie de contradicción biológica en algunos ambientes políticos. Aunque lo cierto es que ha habido grandes líderes rojos que adoraban la pelotita tanto como los obreros que acudían a sus mítines. Y tanto más en Italia, donde la frontera que separa el simple deporte de la política y la sociedad se traspasa con la misma naturalidad con la que los italianos ignoran los pasos de cebra.

Ser comunista y futbolero es visto todavía como una especie de contradicción biológica en algunos ambientes políticos

Así nos encontramos al gran líder comunista, el gurú rojo de la bota, Antonio Gramsci, consigue una beca en 1911 para estudiar en la Universidad de Turín y ahí comienza una andadura vital que desembocará en la fundación del Partido Comunista Italiano y en convertirse en uno de los teóricos marxistas más imprescindibles de toda Europa. Gramsci fue líder comunista, periodista, diputado e incluso llegó a estar en la cárcel, una azarosa vida, en la que, sin embargo, encontró un equipo de fútbol para tener en su corazón. Y así fue como el gran dirigente izquierdista se enamoró de la Juventus como cualquiera de los millones de italianos que han tifado o tifan por la Novia de Italia.

Juventino a muerte era su sucesor como secretario general del PCI, Palmiro Togliatti. Este político genovés fue delegado de la Internacional Comunista en la Guerra Civil española y colaboró con la resistencia haciendo programas de radio en la Unión Soviética. En 1948 sobrevivió a un gravísimo atentado fascista y tuvo la sangre fría para calmar las ansias de venganza de sus acólitos. Para Palmiro la sangre caliente se reservaba para el fútbol, y cuentan que lo primero que preguntó cuando recuperó la conciencia fue el resultado de su Juventus del alma. Y es que ya le comentaba a su camarada Pietro Secchia: ”¿Pretendes hacer la revolución sin saber cómo ha quedado la Juve?”.

Igualmente futbolero fue otro gran dirigente comunista, Enrico Berlinguer, quien fue secretario general del Partido Comunista durante los años 70, la convulsa etapa donde el PCI era el comunismo más importante de Europa Occidental y las Brigadas Rojas y el fascismo militante marcaban la agenda política. Berlinguer, sardo de pocas palabras, era un apasionado de Wagner, la vela y flirteaba tanto con la Juve como con el Cagliari de su Cerdeña natal. Al político le gustaba acudir al Olímpico durante su vida en Roma y solía arbitrar por afición partidos de chavales.

Otros tantos dirigentes y políticos de la izquierda pasearon y pasean su amor por el fútbol por los pasillos del parlamento italiano al igual que sigue habiendo intelectuales ansiosos de seguir la jornada futbolística cada fin de semana, como era el caso de Luciano Lama, líder histórico sindical del sindicato CGIL, que políticamente daba caña a Gianni Agnelli mientras compartía con él los colores de la Vecchia Signora.

Otros tantos dirigentes y políticos de la izquierda pasearon y pasean su amor por el fútbol por los pasillos del parlamento italiano al igual que sigue habiendo intelectuales ansiosos de seguir la jornada futbolística cada fin de semana

Sin embargo, pocas figuras han unido tanto la izquierda marxista y el fútbol como el genio Pier Paolo Pasolini. Se estrena ahora una película sobre su vida, una existencia intensa, política y apasionada donde su amor por el Bologna y por el Calcio, siempre le acompañó.

Seguidor incondicional de los rossoblu, escribió en Raggazi di Vita sus propias experiencias futbolísticas de cuando pateaba balones en la ciudad de la Emilia Romagna siendo un crío. Escribía artículos metafóricos sobre poesía, prosa y calcio para describir la derrota de la selección italiana en el 1972, en una constante unión de la intelectualidad, su compromiso político y su absoluta brillantez, fuera de tópicos, con el deporte más popular de su país. Tifoso y rojo. Como Gramcsi, como Berlinguer, como Togliatti, como tantos otros que no caben en un artículo. Corazón y mente. Políticos, intelectuales y aficionados. Personas que quizá supieron mejor que nadie que el fútbol es la metáfora más hermosa de la vida.

Fuente imagen principal: Corriere della Sera.

*Enrico Berlinguer durante su intevención en la fiesta de la Unidad, en Torino. Año 1971.