El latido de Torino

Fue sólo un momento. Noventa minutos que dentro de la vorágine de la vida moderna, del fútbol trepidante de anuncios llamativos y estrellas fulgurantes, apenas son nada. Un suspiro. Pero cualquiera que se haya enamorado o que haya visto como su equipo sacaba un córner en una final perdiendo sabe que se puede condensar en ese instante toda una vida. Fue sólo un partido, hora y media. En un escenario casi recién inaugurado, con pintura de esa que huele todavía a estreno pero el ambiente era de esos que te trasladan a otros lugares, otras épocas. Años donde los hombres llevaban sombrero y el Grande Torino era el equipo más grande de Europa. El 26 de febrero, el Torino hizo un partidazo enorme en San Mamés, catedral del fútbol antiguo y moderno. Fue un choque que homenajeó lo más romántico de este deporte y nosotros no tuvimos más remedio que acordarnos de vosotros.

Porque fue como en los añorados viejos tiempos, cuando estabais aquí y el Filadelfia se llenaba cada fin de semana. Esos instantes en que tu equipo del alma está rozando el cielo y crees que todo es posible. No ha sido fácil ser del Torino desde que os fuisteis. Sólo una vez más conseguimos ganar el Scudetto, en 1976, treinta años después de vuestra marcha. Hemos llegado a estar al borde la desaparición, tuvimos que refundarnos. ¿Os imagináis? No era el fin de un equipo, ni de un club, no era fútbol, somos los herederos de algo que va más allá de este loco juego de la pelota. Somos, todos, desde el presidente hasta el utillero, desde el socio más antiguo al simpatizante que vive en Oklahoma y nunca ha estado en Turín, somos los guardianes de vuestro legado, del equipo legendario que cruzó la eternidad desde la colina de Superga. Superamos aquellos momentos y ahora las cosas no van nada mal. Entre medias, hemos vivido la hiel de los descensos y el dulce sabor de los sueños europeos. Ni un minuto de descanso. Ser del Torino es tener el corazón ardiente, ya lo sabéis.

Somos, todos, desde el presidente hasta el utillero, desde el socio más antiguo al simpatizante que vive en Oklahoma y nunca ha estado en Turín, somos los guardianes de vuestro legado, del equipo legendario que cruzó la eternidad desde la colina de Superga.

Ahora se paga demasiado dinero por los jugadores, que también cobran excesivo, el mundo del fútbol se ha vuelto un poco loco y el Torino está lejos de los grandes europeos, pero competimos. Con un entrenador humilde, de los que esperas encontrar en el mercado preguntando a una frutera qué tal están esas fresas. Con un presidente sensato que gestiona con inteligencia nuestros humildes recursos. Y con una plantilla de jugadores, todo corazón y garra, que han paseado nuestro escudo con gran dignidad  por Europa. Hasta ganaron hace poco a la Juventus que lleva cuatro Scudettos seguidos. Y aquella noche de febrero, en San Mamés, lo teníais que haber visto. Once guerreros, subiendo, bajando, entrando en cada cruce como si fuera la última vez que iban a jugar al fútbol. Qué exhibición de Darmian. Darmian en Manaos, Darmian en Bilbao, Darmian en el Olímpico. ¿Os acordáis del trompetista del Filadelfia? Pues Darmian es como aquel sonido de trompeta que os envalentonaba pero corriendo como una flecha  la banda. Cuando él sube como un expreso, la Curva Maratona se exalta, toca arremangarse e ir a por todas. Qué noche aquella de Bilbao, con Glik comandando como un mariscal cada ataque, con Maxi López ganando todo lo que llegaba al área. Había algo mágico en ese estadio vasco.

Algo que también se quedo prendido en Turín desde aquel 4 de mayo de 1949. Turín, vértice de magia blanca y de magia negra, ennoviada de niebla y de lluvia, tan discreta y encantadora como un beso en el cuello pálido de tu amante es un motor industrial y tecnológico de Italia, una potencia enorme de Europa, que es normalmente ignorada por el masivo turismo que se acerca a la península. Turín vive frenética como cualquier ciudad grande del siglo XXI pero con un halo de paz y espiritualidad que parece emanar de Superga, que contempla las calles turinesas desde su trono. Allí dejo de existir el Grande Torino terrenal y nació el mito.

Fue sólo un momento, fueron 90 minutos en San Mamés, vivimos así desde siempre, de momentos, de instantes eternos, pero fue precioso. Fue como volver a veros, el corazón del Grande Torino volvió a latir aquella noche de inicio de la primavera. El vecchio cuore granata, que nunca murió del todo, que siguió insuflando de ánimo y esperanza cada alma granata, latió muy fuerte aquel día. Fue el latido de amor de un equipo a su más grande leyenda. El latido por el que esta afición vive.

El 4 de mayo de 1949 el avión que trasladaba al cuerpo técnico y a los jugadores del Grande Torino desde Lisboa hasta la capital del Piamonte se estrelló en Superga. Moría así un equipo casi invencible que estaba destinado a mandar en Italia y en Europa. Ese día el Torino se hizo más grande que nunca y en esa colina firmo su destino. Sería grande eternamente.

Fuente imagen principal: Harry Engels (Getty Images)

*La colina de Superga, a las afueras de Turín.